¿Sabías qué?

En esta ocasión, queremos contaros algunas curiosidades sobre el corcho que quizá no conozcáis, para lo cual hemos leído detenidamente la publicación “Diccionario Ilustrado del Corcho” de Ignacio García Pereda -a la que podéis acceder a través del siguiente enlace-, extrayendo aquella información que más nos ha llamado la atención, con la esperanza de seguir alimentando vuestro interés por este material.

En el proceso de transformación del corcho se crea alrededor de un 70% de residuos una vez aprovechados los mejores pedazos para hacer los tapones de calidad superior. Hasta el siglo XIX, buena parte de esos restos no se reutilizaban. En muchas ocasiones, apenas se empleaba como combustible de las calderas de cocción. A su vez, el corcho bornizo, el primero que da cada árbol, inútil para conseguir buenos tapones, sólo se aprovechaba para la fabricación de unas pocas colmenas (…) La consciencia de este despilfarro siempre se puso en evidencia. Pero no fue hasta la segunda mitad del XIX se multiplicaron las ideas para sacar valor a los pequeños pedazos sobrantes, pegándolos con algún tipo de cola y creando así una primera forma de aglomerado.

Existe la costumbre, no confirmada por las fuentes históricas, que el monje Pierre Perignon fue el responsable del comienzo del uso del corcho para tapar las botellas de champán francés. Hay quien dice que se encontró con peregrinos que volvían de Galicia con cantimploras tapadas con pedazos de este material. La leyenda poco importa, pero sí es cierto que buena parte del desarrollo del negocio del vino espumoso de la zona de Reims y Epernay se vio favorecido por las mejoras de la industria del vidrio inglés. La nueva botella acabó siendo acompañada por el uso del corcho en los cierres, material capaz de resistir la fuerte presión de los gases de los espumosos.

En la década de 1880, un momento en el que las bebidas gaseosas refrescantes estaban cada vez más de moda en los Estados Unidos, se hacía evidente que los sistemas de cierre de las botellas eran poco eficaces. Era necesario cerrar un líquido con mucho gas a un bajo precio. Algunas bebidas se habían estropeado con cierres metálicos provocando problemas sociales de salud importantes. En 1891 Painter ideó una especie de fina hoja metálica embutida en corona y doblada de una lámina de corcho para asegurar la impermeabilidad, de donde procedió el nombre de la invención: “crown cork” [en castellano tapón corona o corcholata]. Como novedad, aparecía un tapón de uso único, desechable, de uso sencillo, con una buena impermeabilidad y muy barato. El nuevo tapón consumió arandelas de corcho natural hasta 1910, y de corcho aglomerado hasta la década de 1960. A partir de entonces comenzó a ser sutituido por PVC.

Hasta bien avanzado el siglo XIX, los tapones se cortaban a mano con cuchillos bien afilados. El proceso de trabajo consistía en la transformación de la materia prima por el trabajo manual, con herramientas simples. Era un sistema “hombre-producto” donde los conocimientos de la materia prima, poco homogénea, estaban en el corazón del saber hacer. Como el ritmo de trabajo era marcado por el obrero, dominaba una lógica artesanal, donde la luz natural de los espacios de trabajo era importante. Este formato de fabricación tenía inconvenientes como el que los poros se cargaban del aceite aplicado al cuchillo para deslizar mejor, o que los tapones que se obtenían no eran siempre del mismo calibre. Por eso mismo, durante mucho tiempo los tapones tuvieron una forma cónica, que también permitía al tapón adaptarse a una variedad de botellas mayor.

En países como Francia, desde hace años los colectivos de orquideófilos recurren al corcho como soporte para el cultivo de sus plantas. El corcho bornizo es muy apreciado, gracias a su aspecto natural o por elementos como sus huecos y grietas, que ayudan a las raíces de las plantas en sus sujeciones y anclajes. Su porosidad, que permite la acumulación de humedad, o su levedad son otras ventajas que buscan estos aficionados de una segmento muy especializado de la jardinería (…) En España ha surgido recientemente una iniciativa interesante. Una empresa de la comarca del Maresme, cercana a las zonas más corcheras de Barcelona o Gerona, ha pensado en el corcho como un buen complemento para los soportes de sus jardines verticales. El corcho cumple una función estética y funcional gracias a un sistema de tierras colgadas y aportando lombrices al conjunto que ayudan a auto regenerar el sistema con el cual se trabaja en permacultura.

Los buenos tapones pueden llegar a tener una vida de 20 años, duración que se puede alargar si las condiciones de humedad o de temperatura de la botella fueron las convenientes. No es por mero capricho que las botellas se colocan en horizontal para almacenarlas; así los tapones están en permanente contacto con el vino, evitando que se resequen, lo que dejaría entrar una mayor cantidad de oxígeno dentro del recipiente. Sólo si el intercambio de oxígeno es leve, se favorece la aparición de buenos aromas reducidos en vinos de prolongadas crianzas.

Una de las primeras grandes innovaciones de la industria corchera, después de trabajo taponero, fue el linóleo. Fue inventado en Escocia en 1863, como un “polvo de corcho mezclado con aceite de lino resecado”. Durante muchas décadas fue uno de los grandes recursos para cubrir el suelo de habitaciones o revestir paredes y techos.

El portugués Vieira Natividade publicó en 1950 un mapa de la presencia del alcornoque alrededor del Mar Mediterráneo. Éste, ha sido uno de los mapas más utilizados para ilustrar la presencia de este árbol en Europa y en el norte de África. El luso comparaba la distribución geográfico del alcornoque con “una fuga de la especie hacia occidente… en Iberia y en Marruecos, bajo el influjo del Atlántico, ensancha y extiende su penetración continental, sólo hasta donde, no obstante, la influencia mediterránea de hace sentir, como temeroso de quebrar los lazos que lo prenden a su viejo y glorioso mundo.”

Los cueros de piel de cabra de Marruecos producidos por los “marroquineros” eran conocidos en el mundo entero, donde se les reconocía una calidad comparable a los de Córdoba. Una parte del secreto de fabricación estaba relacionado con la corteza de alcornoque en su uso como agente “tánico” en el momento del “adobo de las pieles”, lo que daba lugar a una piel que no se pudría ni se encogía (…) El oficio tuvo una gran importancia en Marruecos hasta bien entrado el siglo XX, cuando el cromo, o especies vegetales como la acacia o el quebracho argentino sustituyeron al alcornoque, en un intento de acelerar el proceso industrial.

Con la mejora de las máquinas de la industria corchera surgió uno de los productos más delicados y prestigiosos del sector: el papel de corcho. Hojas laminadas de espesura inferior a un milímetro, que fueron aprovechadas por editores como Octavio Viader, en Sant Feliu de Guíxols, responsable en 1905 de una edición de lujo de El Quijote (…) Pero más que el papel editorial, el gran mercado de estas hojas de corcho durante casi medio siglo fue el de envoltorio de los filtros de cigarrillos. Aunque las boquillas de muchos cigarrillos sigan hoy imitando el aspecto del corcho, las tabacaleras ya no compran este tipo de papel.

Los colores que cubren el tronco del alcornoque después de la saca siempre han fascinado a los curiosos. En palabras de Artigas, “descorchado el tronco, presenta un color entre amarillo de cera y amarillo de paja, aproximándose más al primero, que, pasando por varias gradaciones del rojo, desde el rojo de ladrillo y rojo de sangre, hasta el rojo parduzco, termina al finalizar el turno del corcho, por adquirir el color ceniciento ó parduzco.” Precisamente, cuando el corcho presenta en las hendiduras del agrietado un color amarillo-rosado, se considera maduro, listo para una nueva pela. Normalmente deben pasar un mínimo de nueve años entre una pela y otra, o doce si se trata de los alcornoques catalanes.

El corcho fue el primer tejido vegetal cuya estructura se observó con un microscopio. Fue descrito y dibujado por Robert Hooke en 1667; esta observación, de hecho, fue la que dio lugar a la primera descripción de las partes de la célula en la historia de las ciencias naturales (…) El corcho está constituido prácticamente por membranas celulares, no existiendo espacios intercelulares entre ellas. El contenido de la cavidad celular es gaseoso en un 89% (…) La suberina es el principal constituyente del corcho, representando un 50% del material, lo cual le confiere al corcho una elevada elasticidad. Es muy estable químicamente y su principal función es servir de barrera a los líquidos y a los microbios.

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